Coincidencias

 

Escribo hoy y no ayer, como era mi costumbre durante las últimas semanas, porque hoy y no ayer es un día de especial significado para mí. ¿Por qué? Porque ahora entiendo cosas que el niño que fui no podía hacerlo.

 

Cuando uno es niño cree en muchas cosas, como en Santa y en vivir de dulces y globos de colores. Para compensar, no crees en tantas otras. La gravedad, sin ir más lejos, o el empacho, por poner otro ejemplo. Sin embargo, una de las cosas en las que menos crees es en las coincidencias.

 

Si se suceden dos eventos de similares características y se juntan los astros y te sientes bien (como con la barriga llena); pues es destino o premio o Déjà vu u otra de esas palabras difíciles que utilizan los mayores. Nunca coincidencia, aquel conjunto de letras demasiado largo y con demasiadas consonantes.

 

A los diez años, Fonchi y yo, por ejemplo, no éramos una coincidencia. Éramos amigos, que es más fácil de entender y muchísimo más sencillo de escribir. El hecho que compartiéramos juegos y el mismo gusto por molestar a las hormigas no era coincidencia, era la materia de la que está hecha la amistad. Esto tan simple lo teníamos tan interiorizado que ya no podía salir al exterior.

 

Es más, nunca cuestionábamos todas las preferencias en común, sino más bien, las diferencias. Eso era lo que nos sorprendía y fue motivo de muchas, muchísimas peleas (desde los diez y hasta hoy no entiendo como a ese orate no le pueden gustar las niñas de trenzas de colores).

 

Luego pasan los años y descubres que Santa es papá y también mamá y que los dulces tienen calorías y también caries. Sabes también que la gravedad no perdona ni en las escondidas. Y que existe eso que llaman coincidencias.

 

Una de las primeras veces que experimenté ese concepto, tenía diecinueve años y estaba en la universidad. Había entrado a una revista de Derecho y nadie me hablaba o si me hablaban no los escuchaba. El caso es que también estaba Liliana. Una chiquita linda. Preciosa sonrisa. Y empezamos a conversar.

 

El caso también fue que ambos escuchábamos a los Smiths, y nos burlábamos de nuestro director. Esto, que es la materia de la que está hecha la amistad, era una coincidencia, supe yo. Una coincidencia feliz. Como también lo fue que años más tarde ella tuviese disponible la tarde de un sábado en la que ambos nos comprometimos y compramos libros y tomamos tragos y finalmente vimos al mar desde un faro en un parque en Miraflores.

 

Ambos, tanto Fonchi como Liliana, ocupan lugares amplios, de nombres suaves, con mucha tranquilidad en mi memoria. Ambos no se conocen. Así sucede en ocasiones. Pero cumplen años a tan sólo tres días de diferencia (él hoy, el 25 ella). Y no los he visto en mucho tiempo. Y los quiero.

 

Esto último y también lo primero, que el niño que fui no comprendía, es una coincidencia que sólo me hace estar agradecido.

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