Wishful thinking
Es la medianoche de un día de semana laboral. Y no puedo dormir. La causa de este insomnio la tengo perfectamente identificada. Principalmente, porque la conozco desde hace más de veinte años.
Para que me entiendan, debemos volver a los ochentas, donde tengo ocho años y soy de aquellos que se demoran diez minutos de más a la hora de levantarme de la cama en días de colegio. Para compensar, los sábados y domingos y a partir de las seis de la mañana, hago suficiente bulla desde el cuarto de juegos como para despertar a mamá, papá y todos los vecinos.
Sin embargo, hay días en los que el reloj interno me traiciona y me descubro levantado y hasta bañado sin chistar. Son los días en que mis deseos me traicionan. Donde todos los días son sábados y domingos, y me puedo quedar hasta tarde viendo Patolandia. Todo esto hasta que mamá llega zumbando y me devuelve de un sopapo a esas aulas y a mi uniforme gris y blanco.
Es más que seguro que a más de uno le haya resultado familiar aquella escena. Todos hemos confundido un viernes con un sábado alguna vez. Sin embargo, en mi caso, fueron esos días de trueques, los que me marcaron; y los que más tarde constituirían uno de mis mayores temores. Que llegara un momento en que me fuera sencillo confundir un deseo en solitario con una tarde de a-de-veras.
Crecer así tiene algunas desventajas (no puedes divertirte mucho con los chismes de viernes y de sábado, por ejemplo, principalmente porque no sabes cuáles han pasado) pero también produce un provecho sencillo que se descubre con los años. Incluso, luego de un tiempo y con suerte, terminas por olvidar esas preocupaciones existenciales y te dedicas a contar historias medianamente interesantes.
Los ingleses, siempre atentos con los traumas infantiles, han acuñado un término para ello. Wishful thinking, que le dicen. Pensamiento deseoso. Y puede ser aplicado para niños de primaria, adolescentes confundidos y veinteañeros estresados, entre otros.
El caso es que hace una semana y media, y contando, sucedió algo que ha hecho que todos mis temores hayan vuelto. Toditos. Incluso el miedo a los payasos, pero principalmente el miedo a estas confusiones.
Era una fiesta de unos amigos. Una fiesta a la que todos ellos fueron. Pero a la que principalmente fue una rubiecita linda a la que me encantaba mirar todos los días.
Como es mi costumbre, jamás le había dicho nada de eso. Mucho menos que deseaba, muy en secreto por supuesto, darle un beso. Jamás … hasta ese día.
Fue una confesión vigente que se me escapó al mirarla. Una confesión sin marchatrás, seguida por una sonrisa suya, quizá con benevolencia.
Luego bailamos. Mi timidez y también ella y también yo. Unos cinco minutos, minutos más, minutos menos. Y de repente, casi como jugando, ella me besó. Fue un beso seguido de otros tantos. Pero no sólo eso. También estaba el asunto del olor de su cuello. Y el asunto del contacto de sus labios. Y el asunto de sus manos.
Al día siguiente, y como también es costumbre mía, me di cuenta de toda la verdad.
Wishful thinking, que le dicen.
September 17th, 2009 at 11:13 am
Solo a ti te pueden pasar estas cosas.
September 20th, 2009 at 4:49 pm
Hey!!
surrealism strikes again!