Yo quiero ser un tortuga ninja
Damos las cosas por sentado o no nos las cuestionamos. De eso ya no tengo duda alguna. No al menos desde que, ordenando un poco mis papeles, me encontré con unas cuantas fotografías de los noventas. Esos años incómodos para los de nuestra generación. Incómodos porque estábamos en plena transición del cuerpo, claro está. Adolescencia, que le dicen. Una época nefasta para los chicos. Terrible.
El caso es que, ya pasado el trauma del recuerdo adolescente, me detuve unos minutos a recordar aquellos años. No el entorno político. Tampoco sus consecuencias psicosociales (aquella palabra que encanta a los reporteros). Sino de lo que podríamos conversar en una mesa sin incomodar a otro (somos una sociedad polarizada después de todo, qué se le va a hacer).
Las tortugas ninja, por ejemplo. Aquellos íconos de los noventas. Dos películas y una serie de televisión. Varios juegos de video. Y nombres que nos recordaron aquellas viejas clases de arte y de historia universal: Rafael, Donatello, Leonardo y Miguel Ángel.
Y reparé en algo.
El verdadero nombre de aquella serie de tevé es, en realidad, “Teenage Mutant Ninja Turtles”. Lo repito, por si alguien no lo ha notado, “Teenage Mutant Ninja Turtles”.
Detengámonos un momento en este punto. Según recordamos todos los que pasamos la primaria, los títulos de las obras son, o debieran ser, aquella sección que llama al espectador (lector, oyente o televidente). Debe contener el máximo de ingenio con el mínimo de palabras adelantando todo o parte de la obra. Pero por sobre todo debe definir la misma. Un ejemplo: “La guerra del fin del mundo” o “Rayuela”.
Una vez recordado esto, volvamos a lo de las tortugas ninja. De acuerdo con su título son: (i) Tortugas; (ii) Ninjas (Ya aquí la cosa se pone interesante. Si yo mencionase la existencia de una tortuga que da cabriolas, pues muy probablemente me llevarían a un psiquiatra -otras razones hay, pero digamos que no, sólo para propósitos didácticos); (iii) Mutantes (¡Válgame! ¿Y no hay cura? ¿Impacto adverso? ¿Algo?); y, (iv) Adolescentes.
Es en este último punto que hago un llamado a mis congéneres.
No considero justo, ni remotamente, este giro. Que un reptil alterado genéticamente tenga más habilidad que yo, vale; pero que su adolescencia masculina no sólo sea recordable, sino además televisada y hasta admirada, no puede ser.
El adolescente que fui no lo puede permitir. El chico que vivió todos esos cambios, que se imaginaba toda una vida con una chica antes de intentar sacarla a bailar, el mismo que aquí y ahora aún puede tartamudearle a una niña que le diga hola; dice que no.
¿Es que acaso no nos hemos dado cuenta?
La ficción se toma licencias, es cierto. Tiene salvoconductos para entrar de lleno a todo camposanto. Es el monstruo-tractor de todo aspecto. Pero no puede, de ninguna manera, quebrar mi único consuelo.
La adolescencia masculina y sus estragos deben ser universales.
We just wanna be sixteen
Sixteen – The Indelicates (American Demo, 2008)
Tags: Oficios vanos
August 26th, 2009 at 2:44 pm
jajajajajaja
August 26th, 2009 at 7:27 pm
Y yo siempre lo sostuve!
September 17th, 2009 at 11:11 am
Cierto, cierto.